viernes, 12 de mayo de 2017

Una aproximación hacia la disputa del sujeto con su historia

Una aproximación hacia la disputa del sujeto con su historia

Alejandro León Benitez


En la razón y en el paradigma de la vida está anclado desde todos los tiempos la cuestión de la muerte; el hombre tiende a querer un más allá, quiere la eternidad. Pero, ¿un más allá de qué?

Podríamos hablar de transgredir la línea divisoria entre el placer y la muerte; muerte de la que podemos dar cuenta a partir del cuestionamiento por la experiencia misma del sujeto en y con el mundo. Somos seres discontinuos, individuos que mueren aisladamente en una aventura ininteligible; pero nos queda la nostalgia de la continuidad perdida (cita de Bataille).

El mundo de la razón es también el mundo de la fantasía y en ese sentido, la vida es esa aventura ininteligible donde el sujeto busca la trascendencia, busca esa continuidad que al mismo tiempo está perdida; está perdida desde el momento en que aparece el saber acerca de la muerte, es decir, vivir es al mismo tiempo una condena irrefutable de muerte.


Podríamos llamar a esta cuestión el significante histórico, el cual, estructura y simboliza al sujeto hasta representarlo; y es precisamente de esto histórico de donde el sujeto se sirve para articular su añoranza de permanencia en el mundo de los vivos hasta un “más allá”. Surge también, el deseo de alcanzar una supuesta dualidad o completitud con sus semejantes por medio del amor.

Ya lo vimos en  El Banquete de Platón, donde, por cierto, vemos sublimar al amor hasta llevarlo a los dominios de un imaginario del alma que no muere, de la posibilidad de ser eterna. Aquel ser andrógino efecto del “tercer sexo” que es mencionado por Aristófanes, no es sino un ideal que apunta hacia la trascendencia. La continuidad, el deseo de permanecer de esta manera es la esperanza de una vida eterna. Se trata de un deseo de permanecer en el mundo, si no teniendo vida eternamente, sí viviendo de algún modo. Es una trascendencia que va más allá de la existencia corporal.
El psicoanálisis aparece entonces, para intentar darle un lugar al sujeto a través de su propio discurso, mismo que se encuentra en disputa gracias a la confrontación que tiene de su vida ante la muerte, a saber, ante el surgimiento de la angustia.

El discurso del sujeto, su palabra, es la esencia misma de la historia y lo que lo determina como tal. Y es a partir de ello que el psicoanálisis cuestiona  esa historia para reincorporarla al sujeto enigmáticamente y pueda restituirse, no del pasado, sino en su efecto histórico. Porque, el estudio de la historia es un estudio de causas (referencia de Edward H. Carr). Por lo tanto, el psicoanalista lee esa historia y el sujeto la escribe con su palabra, porque el modo en que se inscribió la historia en él es precisamente mediante la palabra.

El terreno del deseo es también el terreno de la historia y de igual forma se delinea y se inscribe en el sujeto. En su individualidad, el sujeto se juega esa violencia a la que alude Bataille cuando habla del erotismo como fin de alcanzar la continuidad supuesta; pero se ve arrancado de la misma en el momento en que existe un deseo de otro allí participando del acto erótico. Los cuerpos se vuelven algo siniestro cuando se entrelazan, cuando se unen; la euforia desprendida de ellos no es más que la noción de una muerte certera, porque en lo sucesivo, el señuelo de la pasión es tan sólo una violenta pérdida, una secuencia de la falta.

Si hablamos del sujeto en relación con su deseo no podemos dejar de lado el goce. El goce va más allá del Erotismo planteado por Bataille, no se ciñe solamente a la noción del cuerpo, ni aún a la de la muerte; me refiero, a que hay un tercero, es decir, que hay “algo” del orden de nuestra historia que se apodera de nosotros, porque nosotros no somos dueños de nuestro cuerpo ni de nuestra palabra en tanto seres parlantes. El sujeto es sujeto del lenguaje, del mundo, de su historia. De tal forma, el deseo está constituido por la relación del sujeto con las palabras y ello tiene que ver con el goce.

Si el erotismo coloca al sujeto ante la muerte, el goce lo hace ante la nada. El goce no sirve para nada. El superyó es el imperativo del goce: ¡Goza! (cita de Lacan). Este imperativo de goce nos dice precisamente que “hay algo que viene de más allá”; es decir, de algún lugar de la historia. Esto indica justo que el sujeto no es dueño de su cuerpo, ni de su historia. Viene de Otro lado.

La historia es algo que retorna, que se repite; y es justo mediante el goce que se vuelve vigente. El goce puede convertir la historia en una locura mortal de sufrimiento y desdicha, en una tormenta acaecida de Otro lugar.

Por lo tanto, si de síntomas hablamos, éstos serían representaciones históricas de que “ahí hay algo”. Se vuelve un pedazo de verdad que representa al sujeto para otros. El amor puede ser, incluso, un síntoma de la historia que empero, salva de las desgarradoras incidencias de la muerte. El goce no sólo es fruición sino dolor, un fragmento de muerte. He aquí entonces a la vida confrontando su historia mortífera.

Referencias:

-Bataille, Georges. El Erotismo; España: Tusquets, 2007.
 -Carr, Edward H. ¿Qué es la historia? México: Ariel, 1992.
-Lacan, Jacques. El Seminario 20 Aún, clase del 21 de noviembre de
 1972; Buenos Aires: Paidós, 1982.

-Platón. Diálogos vol III; Madrid: Gredos, 1986.

Publicado por primera vez martes, 15 de septiembre de 2015

1 comentario:

  1. Los libros que ha leído son interesantes, pero sería recomendable tener una tesis central que dé sentido al artículo. Sí, la vida significa muerte. Sí, la historia y nuestra relación con el lenguaje nos determina. Cuál es el punto? Y el Otro con mayúscula está usado de una manera muy regular. Qué significa ese Otro lugar? ese "más allá"? El texto lo deja mistificado como una respuesta que no puede ser digerida. Lo importante se queda por fuera. La sustancia del texto no está en el texto.

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