miércoles, 17 de mayo de 2017

Una historia que fundó Deseo… de Freud y sus cartas de amor a… ¿nuestros días?

Una historia que fundó Deseo… de Freud y sus cartas de amor a… ¿nuestros días?

Víctor Villarreal

 “¿Por qué he recurrido de nuevo a la escritura?
No hace falta querida, plantear la cuestión tan clara, porque, en verdad, no tengo nada que decirte; tus queridas manos, de todos modos, recibirán esta esquela.”
Wolfgang Goethe

Una historia siempre se inscribe en alguna parte, no puede dejar de existir por sí o por olvido; siempre aparecerá en forma de acto o de síntoma, y sólo podrá ser leída descifrando la lógica de quien la cuenta.

Las primeras interpretaciones dadas por la arqueología, la antropología, la historia, entre otras, inician con imágenes y tumbas cavernarias de la vida cotidiana; hasta hoy en día, con la punción lumbar como técnica para conocer la historia orgánica que un cuerpo ha padecido.

Pero las historias no sólo son imágenes o cuerpos, son la manera singular en que cada sujeto ha significado las vivencias y con lo que ello ha podido devenir sujeto en un contexto.

Es por ello que el lenguaje ha jugado en toda la existencia humana un papel fundador en las historias tanto singulares como plurales, ha dado sentidos y afectos, y ha pretendido comunicarnos, falazmente, pero lo ha intentado; porque en muchas ocasiones al decir algo se cree que el otro ha logrado entender qué quiero decir, pero el otro entiende a partir de su propia lógica, no de la quien emite el mensaje.

Pondré dos ejemplos cotidianos, él bebe llora y transmite algo a la madre, la cual interpreta algo que a veces acierta y otras… pues hace de madre.

Otro ejemplo, es el te amo; al decirlo a otro, se espera que entienda que se le ama, pero el amor expresado en palabra está cargado de sentidos y experiencias únicas que no han sido vividas por quien lo recibe, ya que ha tenido otra historia, otros sentidos, otros afectos; el amor ha sido significado por las vivencias históricas singulares y contextualizadas. No es lo mismo hoy el amor que en la época victoriana.

Sin embargo, quiero limitarme a hablar de una forma de expresar el lenguaje: de la palabra a la letra, de la letra a la escritura y de la escritura a la carta.

La carta como testigo de una historia, como otro intento de comunicar algo que deje huella de ello, pues está siempre será escrita para otro en otro tiempo; entonces, la carta será siempre un lazo con el otro. Pues cuando se escribe, se hace para dejar una marca de algo que se quiere decir a alguien más o para sí mismo, en otro momento.

Así, tomando todo lo anterior quiero hablar de las cartas de amor de Sigmund Freud; aquellas tan apasionadas que le escribió a Martha, su esposa, cito: "Por mucho que te quieran, no renunciaré a ti por nadie, ni nadie te merece. No hay amor hacia ti que pueda compararse con el mío."

Existe claramente una pasión y un deseo fuertemente expresado allí para alguien que a Freud le significa fuertemente en su vida; la pregunta sería: ¿Qué fue lo que hizo que alguien tan apasionado descubriera el psicoanálisis?

Porque Freud no se detiene en la neurología, magnoterapia, hidroterapia, hipnoterapia y demás técnicas que sus contemporáneos y predecesores tomaban como tratamiento fundamental para los pacientes de su época.

Freud siempre quiso dejar huella, pero ¿acaso se aferra a un motivo? Como cuando le escribe a Martha: “descubriré algo que me haga famoso y con el cual gane el dinero suficiente para casarme contigo”.

Freud no se detiene, sabe que debe hacer e ir mas allá de sus colegas, no puede quitar su deseo de en medio; escucha lo que otros no lograron o no quisieron, pasa por la hipnosis, el método catártico, la cocaína, la mano en la frente; lo calla una paciente y aprende sobre los efectos de la palabra al callarse.

En sus cartas sabe que debe tener una inspiración para continuar con todo su deseo, un deseo come deseos, pues el escribe: “No he recibido respuesta alguna de ya varias de mis cartas, si no respondes no escribiré más”; con esto se ve cómo la demanda va encaminada a poder ser satisfecha, a ser amado, sabe que la carta no es sólo un escrito catártico más, existe otro que desea le responda.

Con lo anterior se explica perfectamente la frase del amor de Jacques Lacan: “amar es querer dar al otro lo que no se tiene”. Freud firma al finalizar sus cartas, “siempre tuyo Sigmund Freud”. Expresa la necesidad de que ella lo acepte como suyo, él la ama pero en su demanda de amor pide que se le ame, que se le responda, por eso al amar le pide lo que no tiene, su amor.

Pero no sólo deja su nombre grabado en las cartas a Martha, también a sus mentores y pares que admiraba les escribía espartanamente sus descubrimientos; a tal grado que pensamos en una relación intelectual de amor, Freud, por ejemplo, escribe: “Mi querido amigo: has escrito con tanta amabilidad que no puedo hacerte esperar hasta tener algo para decirte, si no que debo darte noticias de la vida cotidiana” (carta a Wilhelm Fliess).

Su pasión por escribir y expresarse se da de tal modo que sus ideas sean reconocidas por aquellos que reconoce importantes, y su escritura es tan poética y pasional, que su obra está atravesada por un estilo literario rico y complejo que deja un sabor de amor entre sus lectores.

Pero con todo esto, qué es lo que Freud con sus cartas puede apostar y aportar al contexto amoroso de nuestros tiempos, me atreveré a decir que bastante… hablo directamente de medios, de redes sociales usados como demanda de amor, de cartas que nunca terminan de escribirse y que su lectura no da tiempo de digerirse; cuestiones como Twitter donde lo que se ha escrito desaparece por mil twists que han aparecido rápidamente, se lee al día, no la historia, no el deseo, sino, se lee a partir de una demanda que no es singular.

Se renuncia al deseo singular para entrar de la demanda del deseo a la demanda del consumismo, es por ello que cito una carta más de Freud: “habiendo hecho muchas cosas que cualquier persona sensata consideraría osadas. Una de ellas fue la de emprender la senda médica siendo pobre. Otra, la de, siendo pobre, capturar el corazón de una pobre chica… Pero así ha de continuar siendo mi vida: mucho riesgo, mucha esperanza, mucho trabajo. Para la sensatez de la burguesía media me he perdido hace mucho tiempo”.

Freud renuncia al capitalismo y a la ideología de la burguesía para ir tras ese deseo singular, que hoy en día, se deja de lado para ser deseado a partir de una construcción de marketing y de una mutación cada vez más insostenible del amor.

Así lo pienso.



Bibliografía:
Barthes, Roland , Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, México, 1993.
Freud, Sigmund , Cartas de amor, Fontana, Clásicos Universales, México, 1999.
Freud , Sigmund, Cartas a Fliess, Amorrotu, Buenos Aires, 1994.

Publicado por primera vez jueves, 5 de noviembre de 2015

viernes, 12 de mayo de 2017

Una aproximación hacia la disputa del sujeto con su historia

Una aproximación hacia la disputa del sujeto con su historia

Alejandro León Benitez


En la razón y en el paradigma de la vida está anclado desde todos los tiempos la cuestión de la muerte; el hombre tiende a querer un más allá, quiere la eternidad. Pero, ¿un más allá de qué?

Podríamos hablar de transgredir la línea divisoria entre el placer y la muerte; muerte de la que podemos dar cuenta a partir del cuestionamiento por la experiencia misma del sujeto en y con el mundo. Somos seres discontinuos, individuos que mueren aisladamente en una aventura ininteligible; pero nos queda la nostalgia de la continuidad perdida (cita de Bataille).

El mundo de la razón es también el mundo de la fantasía y en ese sentido, la vida es esa aventura ininteligible donde el sujeto busca la trascendencia, busca esa continuidad que al mismo tiempo está perdida; está perdida desde el momento en que aparece el saber acerca de la muerte, es decir, vivir es al mismo tiempo una condena irrefutable de muerte.


Podríamos llamar a esta cuestión el significante histórico, el cual, estructura y simboliza al sujeto hasta representarlo; y es precisamente de esto histórico de donde el sujeto se sirve para articular su añoranza de permanencia en el mundo de los vivos hasta un “más allá”. Surge también, el deseo de alcanzar una supuesta dualidad o completitud con sus semejantes por medio del amor.

Ya lo vimos en  El Banquete de Platón, donde, por cierto, vemos sublimar al amor hasta llevarlo a los dominios de un imaginario del alma que no muere, de la posibilidad de ser eterna. Aquel ser andrógino efecto del “tercer sexo” que es mencionado por Aristófanes, no es sino un ideal que apunta hacia la trascendencia. La continuidad, el deseo de permanecer de esta manera es la esperanza de una vida eterna. Se trata de un deseo de permanecer en el mundo, si no teniendo vida eternamente, sí viviendo de algún modo. Es una trascendencia que va más allá de la existencia corporal.
El psicoanálisis aparece entonces, para intentar darle un lugar al sujeto a través de su propio discurso, mismo que se encuentra en disputa gracias a la confrontación que tiene de su vida ante la muerte, a saber, ante el surgimiento de la angustia.

El discurso del sujeto, su palabra, es la esencia misma de la historia y lo que lo determina como tal. Y es a partir de ello que el psicoanálisis cuestiona  esa historia para reincorporarla al sujeto enigmáticamente y pueda restituirse, no del pasado, sino en su efecto histórico. Porque, el estudio de la historia es un estudio de causas (referencia de Edward H. Carr). Por lo tanto, el psicoanalista lee esa historia y el sujeto la escribe con su palabra, porque el modo en que se inscribió la historia en él es precisamente mediante la palabra.

El terreno del deseo es también el terreno de la historia y de igual forma se delinea y se inscribe en el sujeto. En su individualidad, el sujeto se juega esa violencia a la que alude Bataille cuando habla del erotismo como fin de alcanzar la continuidad supuesta; pero se ve arrancado de la misma en el momento en que existe un deseo de otro allí participando del acto erótico. Los cuerpos se vuelven algo siniestro cuando se entrelazan, cuando se unen; la euforia desprendida de ellos no es más que la noción de una muerte certera, porque en lo sucesivo, el señuelo de la pasión es tan sólo una violenta pérdida, una secuencia de la falta.

Si hablamos del sujeto en relación con su deseo no podemos dejar de lado el goce. El goce va más allá del Erotismo planteado por Bataille, no se ciñe solamente a la noción del cuerpo, ni aún a la de la muerte; me refiero, a que hay un tercero, es decir, que hay “algo” del orden de nuestra historia que se apodera de nosotros, porque nosotros no somos dueños de nuestro cuerpo ni de nuestra palabra en tanto seres parlantes. El sujeto es sujeto del lenguaje, del mundo, de su historia. De tal forma, el deseo está constituido por la relación del sujeto con las palabras y ello tiene que ver con el goce.

Si el erotismo coloca al sujeto ante la muerte, el goce lo hace ante la nada. El goce no sirve para nada. El superyó es el imperativo del goce: ¡Goza! (cita de Lacan). Este imperativo de goce nos dice precisamente que “hay algo que viene de más allá”; es decir, de algún lugar de la historia. Esto indica justo que el sujeto no es dueño de su cuerpo, ni de su historia. Viene de Otro lado.

La historia es algo que retorna, que se repite; y es justo mediante el goce que se vuelve vigente. El goce puede convertir la historia en una locura mortal de sufrimiento y desdicha, en una tormenta acaecida de Otro lugar.

Por lo tanto, si de síntomas hablamos, éstos serían representaciones históricas de que “ahí hay algo”. Se vuelve un pedazo de verdad que representa al sujeto para otros. El amor puede ser, incluso, un síntoma de la historia que empero, salva de las desgarradoras incidencias de la muerte. El goce no sólo es fruición sino dolor, un fragmento de muerte. He aquí entonces a la vida confrontando su historia mortífera.

Referencias:

-Bataille, Georges. El Erotismo; España: Tusquets, 2007.
 -Carr, Edward H. ¿Qué es la historia? México: Ariel, 1992.
-Lacan, Jacques. El Seminario 20 Aún, clase del 21 de noviembre de
 1972; Buenos Aires: Paidós, 1982.

-Platón. Diálogos vol III; Madrid: Gredos, 1986.

Publicado por primera vez martes, 15 de septiembre de 2015

martes, 2 de mayo de 2017

No hay dolor sin trasfondo de amor

No hay dolor sin trasfondo de amor


No hay dolor sin trasfondo de amor


Areli Nohemí Gutiérrez Rdz.


“Nunca estamos menos protegidos contra las cuitas (dolores)

como cuando amamos, nunca más desdichados y desvalidos

que cuando hemos perdido al objeto amado o a su amor”


Sigmund Freud

Había una vez un ser humano incapaz de percibir en su mente y en su cuerpo esa sensación que causa el dolor de las vísceras y que se anudan y se sienten como un golpe recibido en el estómago, que nos hace doblarnos tocándonos el abdómen como si hubiéramos sido lastimados por una bala;  como si estuviéramos desangrando, heridos, inmóviles. El cuerpo fragmentado, en estado de shock de la mente. 

Trauma, así lo conocemos; cuando algo no esperado invade al sujeto sumiéndolo en un desconcierto total,  sin saber qué decir, para dónde moverse, cómo reaccionar; mucho menos qué pensar.

El llanto aparece como único fluido que puede deslizarse sin que nada lo detenga, independiente; sin control, desbordado, imparable, libre.  

Me estoy refiriendo a eso tan nombrado, más no vivido por todos;  hasta que llega, sí, hasta que llega el momento de la muy mencionada muerte, y entonces el dolor hace presencia en el cuerpo.

Un ser querido deja de existir y el caos ha iniciado, la pérdida del tiempo, las alucinaciones no cesan de llegar, pues los vemos por todas partes y en todo momento, los días se vuelven borrosos, nublados, en un tono gris-amarillento, polvoriento; muy diferente al color de los días cotidianos, colocándonos en un estado jamás conocido. Esta es otra dimensión a la que somos trasladados por un determinado tiempo (time), y luego  el duelo: trabajo lento, detallado y doloroso.   

Pero vayamos a cuestionarnos, a hacernos preguntas que nos aclaren el tema.

Iniciemos diciendo, entonces, ¿qué es el dolor?

El dolor puede ser provocado por una lesión de los tejidos en el cuerpo, oh el dolor puede aparecer ante la pérdida súbita de una persona, ante la ruptura íntima con un ser querido, ante  la falta; donde para Freud viene la angustia, algo nos falta y nos angustiamos, es la transformación del Yo, una relación está a punto de desvanecerse y el sujeto advendrá en algo distinto, lo cual no podemos abordar sin cierto vértigo.

Para Lacan,  tiene que ver con algo que no hemos dado por perdido, a lo que no renunciamos (la falta de la falta); algo que no es aceptado como posible, a esta situación le conocemos desde el campo psicoanalítico, como dolor psíquico o (desde Freud), como realidad -psíquica; y es a ésta a la que me enfocaré.

En este dolor psíquico se perciben síntomas externos como lo hemos visto en los casos de Freud con sus histéricas, donde nos muestra cómo la manifestación sensible de una pulsión inconsciente y reprimida queda atrapada en ese cuerpo sufriente, sin ninguna causa orgánica visible; lo que significa que un primordial significante ha hecho  huella.

El sufrimiento nos deja, pues, en esa incapacidad de nombrar, de articular palabras; cuando de dolor y amor se habla, el lenguaje queda limitado, lo vivimos como  una tensión inconsciente  constante, pulsión que no cesa de bordear ese objeto, esa meta, esa imagen, esa representación;  escapando, así, al principio del placer.

Es lo Real en Lacan, UN RESTO imposible de transmitir y que se sustrae a la sistematización de significantes; es lo inaccesible a cualquier pensamiento subjetivo, imposible de simbolizar, cualquier palabra queda fuera del universo simbólico. Aún así, Lacan nos menciona  que este real no cesa de inscribirse, no se puede cubrir ni con lo simbólico (palabras, conceptos, lenguaje); ni con lo imaginario (las escenas, la fantasía, el fantasma). Ese o eso, es, precisamente, el dolor como se concibe desde el psicoanálisis.

Encontrarnos  que esta situación de pérdida nos coloca ante una prueba por atravesar, es un hecho; ¿y qué prueba es? La prueba de la separación que nos perturba y nos obliga a reconstruirnos, a desinvestir la libido de ese objeto  sobre el cual giraba la pulsión; tarda su tiempo, sobre todo para la elección de otro objeto de amor donde podamos volcarnos nuevamente.   

Desde el psicoanálisis, este tiempo lo ubicamos, específicamente desde Lacan, desde sus tres registros real/simbólico/imaginario (es la construcción del sujeto): los cuales conforman al sujeto en su estructura, y son los afectados en este momento de separación del vínculo amoroso; nos movemos, así,  a partir de un Real que marca el tiempo de reorientación de los goces; de un simbólico que es el tiempo del Juego de las palabras (lenguaje-lalengua) y un imaginario, que es el tiempo donde realizamos cambios de escena.

Así, somos sujetos marcados por diversos tiempos en el inconsciente; tiempos que se ven reflejados en el cuerpo de una u otra forma.

De este modo, la segunda reacción después del shock y de haber sido atacados o tocados en nuestro Real es la negación de esa pérdida; es la aferracion a la existencia del ser querido, o a la resistencia por parte del Yo a todo lo que nos perturbe: no ser amados, envejecer, enfermar, no ser complemento de la persona que queremos; incluso de la que elegimos en un momento, morir; pues nos parece imposible creer que nos pase esto. Y de forma alucinatoria actuamos algo del orden de: “esto no puede estar pasando”. 

Dicho en términos más freudianos; asumir la castración supone reconocer imposibles, lo cual queda suspendido en esta etapa de sufrimiento.

Pero,  ¿y por qué o por quién sufrimos?

Jacques Alain Miller nos dice que Amar verdaderamente a alguien es creer que amándolo, se accederá a una verdad sobre sí mismo. Amamos a aquel o a aquella que esconde la respuesta, o una respuesta a nuestra pregunta: “¿Quién soy yo?”… el Amor se dirige, así, a aquel que, pensamos, conoce nuestra verdad y nos ayuda a encontrarla soportable…  el Amor permite soportar esa verdad, porque esa verdad nuestra es sumamente difícil de aguantar; porque siempre se trata de lo mismo, de darnos cuenta que nos falta algo y que no encontramos forma de satisfacer eso.

Para amar, hay que confesar la falta, y reconocer que se necesita al otro, al otro que nos hace... falta. Deseamos porque estamos en falta, asumir la castración sería la vía adecuada para vivir.

El amor nos coloca en una posición de incompletud, de dependencia, de desvalidamiento;  Lacan nos dice: “amar es dar lo que no tenemos a quien no es”. De este forma depositamos nuestras esperanzas en ese otro que pensamos como complemento, lo cual es una parte del imaginario (imago).

¿Y de dónde viene este imaginario?

En el “Estadio del espejo” (1949), Lacan nos menciona que esta experiencia de fragmentación de las pulsiones en el  cuerpo  quedan unificadas ante la imagen que vemos  de nosotros; nos refleja  la escena de completud, cuando en realidad, biológicamente, nos falta mucho más tiempo en el desarrollo para movernos por cuenta propia. Es la ilusión, pues, de sujetos completos, terminados y sin falta.

Aún así vivimos un júbilo frente al reconocimiento de la propia imagen, que a la vez sucede al reconocimiento recibido por el Otro; resultado de este enfrentamiento visual: el Yo ideal, una ficción irreductible; lo imaginario y sus efectos, adelantados al tiempo del ser. Se trata del primer momento del narcisismo.

Hay ahí un recubrimiento imaginario de lo real, y a cada momento en que la experiencia especular con el semejante se repite, el yo se consolida; por lo que nosotros, al perder este ser amado, donde nos veíamos como completos, quedamos de nuevo fragmentados (pulsiones sin sentido, sin objeto  que bordear).

En su seminario VIII, La transferencia (1960-61), Lacan establece que la falta es lo que ocasiona el surgimiento del deseo. Sin embargo, "falta" en primera instancia, designaba la falta en el ser: lo que se desea es el ser mismo. Así: La falta es la falta del ser propiamente hablando. No es la falta de esto o aquello o del Otro. Lacan contrasta la falta de ser, relacionada con el deseo, con la falta de tener, la cual se relaciona con la demanda, “porque no tengo quiero”.

Ante la imagen en el espejo estamos en falta constitutiva, pero ingresamos  a la alineación de manera inevitable por el lenguaje, los significantes- las  palabras de la madre; su amor y reconocimiento nos hacen sentirnos completos, nos vemos en ella, nos percibimos sin falta ante este vínculo amoroso de reconocimiento; abriéndose, así, el deseo, posibilitado en el ser al ser deseados por el Otro.

Por eso (concluyo), no hay dolor sin trasfondo de amor; inconsciente, real. Lloramos por aquel que cubrió nuestra falta y, a la vez, nos colocó a nosotros en la suya. De este modo, “el amor es reciproco”, es un ir y venir ante esa persona que nos coloca como causa de su deseo, tocando nuestro real con el solo anhelo, ilusión por estar presente; por aquel que nos llenó de palabras que marcaron nuestros pasos, nuestros días, nuestra historia. Amamos y sufrimos porque la muerte, viéndola  como término, llega como corte, como fractura, como rompimiento; no hay más allá, es la nada, el vacío, la falta. Sí, la interminable falta que se intenta cubrir con objetos o sujetos de amor, desplazando y buscando, con inmensa angustia, taponar ese vacío propio.

Somos sujetos en falta, que suplimos con amor y deseo la falta que nos habita.
Publicado por primera vez en enero del 2016